Aprender a soltar el control

Desde el punto de vista de una mamá viviendo con ansiedad

Nos enseñaron que eso es lo que tienen que hacer los padres, tener todo bajo control. Un niño educado y de buenos modales, que sepa comportarse en público.  Pero ¿será que estamos criando robots? No lo creo. 

Así como nosotros los adultos a veces estamos cansados, tuvimos un mal día, tenemos algo que nos estresa, bueno pues nuestros niños también. Ellos no tienen que estar siempre felices y listos para obedecer cualquier comando que nosotros sus padres les demos. Si a nosotros nos cuesta regular correctamente nuestras emociones, con mayor razón a ellos que tienen menos años de práctica en eso, y que su cerebro no está totalmente desarrollado.

Hablemos un poco del cerebro, la amígdala es parte de lo que se le llama el cerebro primitivo y reacciona ante señales de alerta, nos hace tener reacciones emocionales fuertes y difíciles de controlar. Luego está el lóbulo frontal que es donde se lleva a cabo el razonamiento, pero está área en los niños pequeños es poco desarrollada. Sin embargo, a veces pretendemos que los niños pequeños actúen solo usando su razonamiento y se comporten porque “ya ellos saben”. Pero en realidad no, en ese momento donde las emociones fuertes los invaden no están razonando todo lo que hemos tratado de enseñarles. Y eso está bien, porque si pensamos en nosotros mismos, cuando nos sentimos tristes a pesar de cualquier razonamiento de por qué no debemos estar tristes es más fácil avanzar cuando aceptamos el sentimiento y nos permitimos sentirlo. Debemos dejarnos sentir, y también a nuestros niños.

Qué complejo ha sido maternar para mí como mamá neurodivergente, vino a enseñarme cuando pensé tener el control de mi vida, que  la realidad es que el control absoluto es una ilusión. El futuro es una imagen en constante cambio, y que nunca podemos predecir totalmente. Y así como no debo buscar la manera de tener 100% en control mi vida, tampoco debo buscar tener el control de mis niños. Debo buscar que se sientan amados tal y como son, sin cambiar quienes son. Sabiendo que si hay un mal comportamiento, siempre hay una mejor manera de abracarlo. Esta parte suele ser difícil porque los malos comportamientos nos ponen a los adultos en estado de alarma y se activa nuestra amígdala, y entonces nuestro instinto puede ser pegar, gritar, mandarlos solos a la habitación, usar frases como “siempre es lo mismo” “ya vio lo que pasó, se lo dije” y ese tipo de cosas. Recientemente aprendí que si queremos acercarnos a Cristo, debemos empezar por tratar a nuestra familia como Él lo haría. Eso significa, que cuando el comportamiento de nuestros hijos se salga de control, no los vamos a tratar duramente ridiculizando su comportamiento ni usando palabras duras, mucho menos pegando, si no que buscaremos ayudarles. Ayudarles a abrazar lo que sienten y a poder levantarse. Puede ser difícil imaginarse esto cuando el comportamiento es un berrinche en el suelo en medio supermercado, pero debemos tener claro que detrás de cada mal comportamiento hay una necesidad.

Más allá de la teoría que he aprendido, esta la realidad. Una realidad en la que me cuesta aún no alzar la voz, no querer corregir todo y no querer tener el control siempre. Sin embargo, el proceso de sanación como madre empieza perdonándome a mi misma y dando un paso a la vez. El aprendizaje no se trata de ser perfecta, sino de seguir creciendo aún en medio del caos.

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