Una sensación paralizante y envolvente que nos aleja de las posibilidades.

Alguna vez has sentido esta sensación?
Lo más probable es que tu respuesta sea sí. Pero, la parte en que podríamos diferenciarnos, está en cómo respondemos ante ello.
Muchas veces, o podría incluso decir que la mayor parte de mi vida, me he sentido como caminando entre ramas secas y quebradizas (como en la imagen de arriba) o como caminando entre cáscaras de huevo. Porque siempre tengo que estar pendiente de cómo reacciono ante lo que me dicen las demás personas: mi tono de voz, mis gestos y las palabras que uso. Es un miedo constante a la interacción social, porque cuando me permito relajarme y no estoy pendiente de esto, siempre parece que ofendo a alguien o digo algo”tonto”.
Durante mi niñez y adolescencia no hablaba mucho, porque no sabía qué decir. Creo que las palabras más comunes de que salieran de mi boca eran “sí, no, gracias”. Un repertorio un poco resumido. Ya después de mis 16 años aproximadamente, empecé a convertirme en alguien diferente, como en alguien con una máscara social. Me encantaba esa versión mía porque tenía más amigos que nunca antes en mi vida, y porque resulta que podía parecer no tan “rara” como siempre me había sentido.
Pero luego llegó la maternidad, mi punto emocional más bajo. Donde todas mis hipersensiblidades se dispararon y donde el control sobre mis emociones desapareció. AHÍ sentí lo que realmente era el miedo. Donde el cansancio de tener que calcular todas mis interacciones sociales era abrumador, donde me di cuenta que seguir teniendo la misma cantidad de interacciones sociales que antes de ser madre, simplemente no era una opción viable para mi.
Aún ahora que abrazo mi yo neurodivergente, es dificil diferenciar cuando tengo la máscara puesta, y si estoy forzando demasiado mi sistema nervioso. Pero es parte de abrazar quién soy, descurbir que cosas realmente disfruto y no lo hago por seguir alguna instrucción, o por seguir patrones.
Si eres neurodivergente —o si tienes un ser querido que lo es—, sé que la vida puede sentirse aterradora e incierta. Pero también hay esperanza: aprender a aceptarnos, buscar apoyo y recordar que nuestra diferencia también es una fortaleza.
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