Navidad, Santa, la verdad y tradiciones familiares

¿Mentirle a mis hijos en Navidad?

Estamos en la época de Navidad, y es un tiempo divino para mí. Siempre lo ha sido, pero ahora que tengo hijos pequeños definitivamente es más emocionante. Sin embargo, hay algo que me cuesta: ver la ilusión de ellos al creer en algo que no existe, mientras yo sé que les estoy mintiendo. Sé que en algún momento descubrirán la verdad y me preocupa que sientan que les mentí durante años.

Justo esta semana hicimos con mis hijos la carta para Santa. La dejaron con toda su ilusión en el árbol para que Santa se la llevara. Más tarde, cuando quitamos las cartas porque ya conseguimos lo que pidieron, recordé el momento exacto en el que yo descubrí que Santa no existía: encontré una carta mía en el clóset de mi mamá. Como yo no hablaba mucho cuando era niña, no le dije a nadie. Creo que pasé uno o dos años más fingiendo la ilusión de Santa para que mi hermana no se diera cuenta. Pero por dentro me sentí tonta y engañada. No quiero que eso mismo les pase a mis hijos. Sé que ellos piensan diferente a mí —por dicha—, pero aun así me preocupa.

Y como si el tema de Santa no fuera suficiente, ahora está el boom de los elfos. La verdad es que no me gustan por muchos motivos, pero el más importante es la ansiedad que me genera añadir otra mentira más a la infancia de mis hijos. Esta semana vi un video de una pediatra con hijos pequeños contando cómo le encanta poner toda la ilusión posible en Navidad. Y yo pensé: ¿cómo es razonable para tantas personas? ¿Seré la única que siente este conflicto?

Quizás no. Pero mientras intento entender cómo quiero manejar este tema en mi familia, hay algo que sí tengo claro: hay partes de la Navidad que amo profundamente y que no quiero perder. Cosas que son verdaderas, que me llenan de paz y que quiero transmitir a mis hijos.

La parte de la Navidad que es real para mí y para mi familia

Lo que verdaderamente disfruto y valoro es el significado real de esta época: recordar el nacimiento de Jesucristo. Eso sí es totalmente cierto para mí. Habrá personas que lo vean como “otro cuento más”, pero para mí es real, y trato de que mis hijos también puedan entender cómo y por qué lo es.

Me enfoco en enseñarles a hacer buenas acciones, como lo haría Jesús. Creo profundamente que desarrollar amor por el prójimo, ser desinteresados, ayudar a otros y ser agradecidos por lo que tienen es de lo más valioso que podrán llevarse a la vida adulta.

Este año tenemos un calendario de adviento. Cada día abrimos una cajita con una pieza del portal, y decidí incluir también una acción pequeña para hacer juntos: desde cantarle villancicos a los bisabuelos, hasta llevar galletas a las viudas del barrio. Son gestos simples, pero llenos de intención.

Muchas de estas ideas las hemos tomado de Ilumina el Mundo, una campaña que inspira actos simples de servicio durante diciembre. Ha sido una linda forma de enseñar a mis hijos a amar al prójimo.

El efecto de nuestras tradiciones navideñas

Me encanta ver a mis hijos felices, y aunque no tenga todas las respuestas —y probablemente esté cometiendo algún error que más adelante me reclamarán—, trato de mantener un balance y buscar lo mejor para nuestra familia.

Este año he podido ver sus caritas de emoción al notar que Santa se llevó la carta, pero también la satisfacción enorme después de completar las actividades del calendario de adviento, como cuando hicimos una manualidad para regalarles a los bisabuelos después de cantarles villancicos.

Al final del día, lo que más deseo es que mis hijos crezcan recordando la Navidad no solo por los regalos o los personajes mágicos, sino por lo que realmente celebramos: el nacimiento de Jesucristo. Para mí y para mi familia, Él es el centro de esta época, la razón por la que existe toda esta luz y esta esperanza que sentimos en diciembre.

Quiero que mis hijos sepan que más allá de la figura de Santa, existe un Salvador real, que vino al mundo por amor, que enseñó con su ejemplo y que sigue siendo nuestra mayor fuente de paz. Ese es el mensaje que deseo que quede grabado en sus corazones. Si alguna tradición nos ayuda a vivir con más amor, más servicio y más gratitud, entonces vale la pena.

Puede que no lo esté haciendo perfecto, y acepto que estoy aprendiendo sobre la marcha, como cualquier mamá. Tal vez algún día mis hijos me cuestionen las decisiones que tomé. Pero hoy, cuando los veo felices sirviendo a otros, cantando villancicos, colocando la pieza del pesebre y hablando de Jesús con tanta naturalidad, siento en mi corazón que estamos construyendo recuerdos con un propósito eterno.

Mi meta no es darles una Navidad “perfecta”, sino una Navidad con sentido: una Navidad donde la ilusión existe, sí, pero donde la fe es la que sostiene todo. Y si al final mis hijos pueden mirar atrás y recordar esta época como un tiempo de amor, servicio, fe y familia, entonces sabré que escogimos bien.

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